Lógica de lo impenetrable II


Lo bello moderno no podría ya ser clásico (griego); desde Winckelmann adivinamos que es sublime, y lo sublime es ambiguo: se desliza a lo terrible. Obviamente, lo grotesco ya está presente en el universo helénico; pero en la modernidad rompe sus ataduras, convirtiéndose en lo estético sin más. Lo perfecto es un ideal cada vez más inalcanzable. Con W. Benjamin -con su ángel- la historia avanza de espaldas, huyendo sin quererlo, o cayendo, de un pretérito -de un ideal- impracticable. Melancolía y desesperación son líneas pertenecientes a la faz de lo moderno, contrapeso inevitable a sus anhelos e ilusiones de progreso. El arte se impone a sí mismo infinidad de reglas; no puede limitarse a ejercitar una imitación de lo clásico. Pero sí puede marcar sus distancias, haciendo de lo nuevo su santo y seña. Muy pronto, el discurso correspondiente se irá articulando con el influjo de los empiristas británicos: Addison, Hutcheson, Shaftesbury, Hume... El propósito será delinear al sujeto estético: ¿existe -por encima o al lado de los sentidos- una facultad cuyo cultivo o descuido determina nuestra relación con el arte y con la belleza? Addison propondrá a la imaginación, la capacidad de enlazar lo sensible con lo inteligible; Kant le dará carta de naturaleza en sus Críticas. El resultado es una ampliación y un enriquecimiento de la sensibilidad, tan despreciada por el intelectualismo platónico. Será en particular el sentido del gusto el que recibirá la mayor atención; tener (buen) gusto implica tener imaginación. "No sólo puede formarse y hacerse más delicado de lo que inicialmente es, no sólo permite la cualificación, positiva o negativa, de una época, una colectividad o una nación, además se ofrece en sus juicios con pretensión de universalidad, al margen del subjetivismo, y como una forma de 'conocimiento' de las cosas que en modo alguno puede identificarse con la propia de lo sensible -particular y concreto- o con la del intelectual -abstracto para poder ser universal" (p. 28). Que este sujeto estético sea empírico -como quiere Hume- o trascendental -como propone Kant- dará color a los debates del siglo de las Luces. Si hay estética, hay sujeto: lo que no hay es una "belleza en sí". El territorio recién descubierto mostrará también la lógica propia de cada una de las artes: la pintura no es poesía visual, la música no representa nada visible. El sujeto estético es, pues, complejo; no consta de una sola pieza. Lo decisivo es que en él prevalece la imaginación. Se trata de una propiedad próxima a lo que ya desde Shaftesbury (1671-1713) se denomina "intuición"; una potencia espontanea de penetración que no se confunde ni con la pura sensibilidad ni con la muy alambicada razón analítica: es una "desinteresada complacencia" merced a la cual el sujeto capta la vida íntima de las cosas -y comulga con ella. Ahora bien, esta intimidad no es bella en un sentido clásico: involucra todos los afectos posibles, incluidos el terror, la sorpresa, el pasmo, la indignación, la asfixia... La atención al sujeto estético conlleva una revaloración de los ideales heredados; la intuición permite adentrarse en un mundo que tiene mucho de inmundo, en un ser del que no es posible eliminar todos los elementos amenazantes y peligrosos. ¿Hay conocimiento sin imaginación? No, pero la imaginación desborda los límites de lo cognoscible. ¿Sigue siendo bello este exceso? ¡Sólo es bello si lo desborda! Inicia la andadura moderna de lo sublime: si lo estético es un territorio, la belleza formal -la proporción, el equilibrio, la sobriedad- ocupará en él un espacio sumamente reducido. La belleza comienza a perder sus contornos, porque el placer ya ha conquistado países que le estaban vedados. La belleza ha dejado, pues, de ser un concepto rígido: ahora es un fulgor que emana de las cosas en su singularidad, y una extraña luminosidad que es percibida -por así decirlo- con el rabillo del ojo. De modo paradójico, el sujeto estético concebido por la filosofía empirista no es del todo sujeto, porque se abre a un ser que no está compuesto del todo por objetos.

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